sábado, 19 de septiembre de 2020

¿Cuál es tu hora?

 

XXV Domingo del Tiempo Ordinario (A)

 

Isaías 55, 6-9

Salmo 144            R/. Cerca está el Señor de los que lo invocan

A los Filipenses 1, 20c-24.27a

San Mateo 20, 1-16

 

 

 “Id también vosotros a mi viña”.

Esta invitación del evangelio de hoy se suele aplicar a la vocación especial, religiosa o a los llamados a servir desde el ministerio, llamados a trabajar en la viña del Señor. Pero son muchos los Padres de la Iglesia, que ven en ésta llamada laboral y en este trabajo por el reino una invitación a la santidad.

Santidad a la que cada uno llega en su momento oportuno: al amanecer, a media mañana, a medio día… hasta al caer de la tarde. Santidad, que como no es merito nuestro, no la ganamos a base de puños y fuerza, llega a todos sin tener en cuenta las horas de labor. Porque Dios es justo y quiere que todos los hombres se salven.

Una vez más constatamos que los criterios de Dios no suelen coincidir los nuestros. En lo que Dios ve un deseo de salvación, nosotros vemos una carrera en la que somos capaces de dar codazos y echar zancadillas para llegar antes y así ganar más y mejor… la sanidad. ¿Pero cómo se mide la santidad, cómo se pesa la salvación?

Los que de pequeños hemos vivido en un clima de fe, en un contexto familiar y social cristiano, porque se nos ha sido dado sin mucho esfuerzo por nuestra parte, no solemos valorar lo que esto supone. Cada vez nos es más frecuente encontrar (entre los visitantes del monasterio, entre nuestros huéspedes) con personas jóvenes y no tan jóvenes –principalmente de los hijos del 68 para acá- que o no tuvieron una formación cristiana en una fe heredada o en algún momento abandonaron toda práctica religiosa… y ahora por razones que a veces desconocen se vuelven a encontrar con Cristo –en el mediodía de su vida o quizás al atardecer- y cuánta veces comentan la envidia que les damos los que desde niños hemos vivido la fe –quizás y seguramente inconscientemente o simplemente como una obligación- y lo inútil que consideran su vida pasada sin Dios. Y mientras nosotros, los empleados a la primera hora, los cristianos de siempre, ni sabernos reconocer el don de Dios en nosotros ni aceptamos que Dios pueda derramar su amor misericordioso en el otro que, aún de rebote, se encuentra con Él.

Y como a los empleados del Evangelio nos puede decir hoy a nosotros: ¿vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

La salvación de Dios no viene con etiquetas. Dios quiere que todos se salven. Cristo murió por todos –muchos decimos desde hace cuatro años en la consagración- (un profesor de la facultad de teología de Burgos mantiene que la traducción correcta de las palabras de la consagración deberían ser:   Sangre derramada por vosotros y por todos los que quieran para el perdón de los pecados) Porque Dios salva, pero no obliga, ama pero no fuerza.

La justicia de Dios no tiene balanza ni lleva los ojos vendados. Su justicia va de la mano de la libertad, la suya y la nuestra.

Veamos cómo actúa Dios y dejémonos sorprender. No pongamos límites que Él no contempla. No queramos meter su infinito amor en nuestras limitadas y limitadoras medidas.

Su paga, nuestro denario, siempre es don para nosotros, alegrémonos por ello y alegrémonos porque el otro también es pagado, es amado por Dios, como a nosotros mismos, como si fuéramos únicos.

Hoy también nos dice a nosotros: “Id también vosotros a mi viña”.

 

Feliz Domingo

 

 

fr. jl