domingo, 1 de septiembre de 2019

El camino correcto, la dirección contraria

XXII Domingo del Tiempo Ordinario (C)


El pasado domingo se nos hablaba de pasar por la puerta estrecha, como paso obligado de entrada en el Reino. Hoy las lecturas nos sugieren la misma idea, es la humildad lo que nos hace pequeños al mundo y grandes ante Dios.

Es muy humano -y por ello también muy eclesial- buscar los primeros puestos como los invitados al banquete de bodas del evangelio. En muy humano invitar para que luego nos inviten, dar para que nos den, hacer para que nos hagan... eso es lo que denuncia Jesús en el Evangelio.

San Benito en la Regla, que escribe para los monjes, en el capítulo VII va desarrollando doce grados, doce escalones por los que ir creciendo en humildad y empequeñeciéndose a uno mismo, y a los propios deseos, y al gran yo que todos llevamos dentro..., a base de autoconocimiento, de renuncia, y de mucha confianza en Dios y en los superiores. Hasta llegar a aquel amor de Dios que, por ser perfecto, echa fuera el temor; gracias a él, todo lo que observaba antes no sin temor, empezará a cumplirlo sin ningún esfuerzo, como instintivamente, por costumbre; no ya por temor al infierno, sino por amor a Cristo, por la costumbre del bien y por el gusto de las virtudes..(RB VII, 67...)

Pero es santa Teresa, la santidad más castiza de nuestro entorno, quien en su buscar a Dios, habla de la humildad como la actitud o virtud que nos hace encontrar a Dios sin tener que buscarlo, ya que es Dios mismo quien toma la iniciativa del encuentro en el humilde.

La humildad no nos rebaja, sino al contrario, nos da la verdadera grandeza pues al acercarnos a Dios, eso mismo nos eleva. Dice la Santa en la 6ª morada: Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad. y púsome delante -a mi parecer sin considerarlo, sino de presto- esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en Verdad. (10,7)

Con Teresa podemos pensar que la humildad es primeramente una virtud teologal, referida directamente a Dios, por la que podemos conocer a Dios igual que Dios nos conoce. Y no maneras artificiales de almas cobardes con amparo de humildad (Libro de la Vida 13,2) personas encogidas, acobardadas -dicen que por Dios o para Dios-, espíritus ñoños y melancólicos... pongamos, hijas, los ojos en Cristo, nuestro bien, y allí deprenderemos la verdadera humildad... (1M 2,11)

Verdadera humildad, viene a decir, nos hace grandes, magnánimos, fuertes (fuerza y poder es lo que significa el vocablo Virtud) y curiosamente humildad y generosidad suelen ir de la mano.

Nos lo decía la primera lectura del libro del Eclesiástico: Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor... Porque grande es el poder del Señor y es glorificado por los humildes.

Es la humildad el esqueleto de todas las virtudes: un amor sin humildad no ama por amor sino por interés, una esperanza sin humildad es simple presunción; un perdón sin humildad no es sino un atajo a la venganza... Más que una virtud, resume santa Teresa, es la esencia, la verdad de todas ellas, es la principal y las abraza a todas. (CV 4,4)

No sabemos qué cara se le quedó a quien invitó a Jesús a esta mesa, no sabemos lo que esperaba recibir a cambio, pero seguro que no esperaba las palabras de Jesús, el último párrafo dedicado a él enterito: Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos.

El banquete del Reino está preparado, y todos estamos invitados a participar en él. Quizás lo nuestro no sea ocupar puestos principales, sino servir esa gran mesa... Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido.

Buen Domingo

Libro del Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29
Salmo 67, 4-5ac. 6-7ab. 10-11 R/. Preparaste, oh Dios, casa para los pobres
Carta a los Hebreos 12, 18-19. 22-24a
Evangelio de san Lucas 14, 1. 7-14


Fr. J.L.

La cena en Emaús (1585). Paolo Caliari "El Veronés"
Museo del Louvre (París)