domingo, 9 de diciembre de 2018

Predicar en el desierto

II Domingo de Adviento (C)


Hemos escuchado la lectura del evangelio de Lucas, lectura en la que no habla Jesús, ni siquiera aparece físicamente, y hemos proclamado Palabra del Señor. Jesús no está pero se le anuncia, se le espera.

Cuando una autoridad llega a una ciudad, se hace un bando municipal para que de entalonen balcones, adecentes fachadas... que se de una buena imagen a quien viene de visita. No hace muchos años la Vuelta Ciclista a España paso por delante del monasterio, por la BU-801 y previamente la asfaltaron y limpiaron la maleza de las cunetas... y hasta hoy.
Juan hoy, con palabras de Isaías nos propone el mismo bando, nos hace la misma invitación. Nos mueve a la conversión a volver al Señor, a facilitar su llegada, a quitar obstáculos, a limpiar y  engalanar nuestra fachada y sobre todo nuestro interior.
Y partiendo de este texto el Papa Francisco dice: Y quizá nosotros nos preguntamos: «¿Por qué nos deberíamos convertir? La conversión concierne a quien de ateo se vuelve creyente, de pecador se hace justo, pero nosotros no tenemos necesidad, ¡ya somos cristianos! Entonces estamos bien». Pensando así, no nos damos cuenta de que es precisamente de esta presunción que debemos convertirnos —que somos cristianos, todos buenos, que estamos bien—: de la suposición de que, en general, va bien así y no necesitamos ningún tipo de conversión. ...
La voz del Bautista grita también hoy en los desiertos de la humanidad, que son —¿cuáles son los desiertos de hoy?— las mentes cerradas y los corazones duros, y nos hace preguntarnos si en realidad estamos en el buen camino, viviendo una vida según el Evangelio. Hoy, como entonces, nos advierte con las palabras del profeta Isaías: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos» (v. 4). Es una apremiante invitación a abrir el corazón y acoger la salvación que Dios nos ofrece incesantemente, casi con terquedad, porque nos quiere a todos libres de la esclavitud del pecado. Pero el texto del profeta expande esa voz, preanunciando que «toda carne verá la salvación de Dios» (v. 6). Y la salvación se ofrece a todo hombre, todo pueblo, sin excepción, a cada uno de nosotros. Ninguno de nosotros puede decir: «Yo soy santo, yo soy perfecto, yo ya estoy salvado». No. Siempre debemos acoger este ofrecimiento de la salvación. ... Dios quiere que todos los hombres se salven por medio de Jesucristo, el único mediador (cf. 1 Tim 2, 4-6).
Por lo tanto, cada uno de nosotros está llamado a dar a conocer a Jesús a quienes todavía no lo conocen. ... Abrir puertas engalanar fachadas e interiores, demostrar con nuestra vida y palabra que éste que viene, nos importa, me importa, y por eso me preparo y por eso invito a otros a que se preparen también. «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Cor 9, 16), declaraba san Pablo. Si a nosotros el Señor Jesús nos ha cambiado la vida, y nos la cambia cada vez que acudimos a Él, ¿cómo no sentir la pasión de darlo a conocer a todos los que conocemos en el trabajo, en la escuela, en el vecindario, en el hospital, en distintos lugares de reunión? Si miramos a nuestro alrededor, nos encontramos con personas que estarían disponibles para iniciar o reiniciar un camino de fe, si se encontrasen con cristianos enamorados de Jesús. ¿No deberíamos y no podríamos ser nosotros esos cristianos? Os dejo esta pregunta: «¿De verdad estoy enamorado de Jesús? ¿Estoy convencido de que Jesús me ofrece y me da la salvación?». Y, si estoy enamorado, debo darlo a conocer. Pero tenemos que ser valientes: bajar las montañas del orgullo y la rivalidad, llenar barrancos excavados por la indiferencia y la apatía, enderezar los caminos de nuestras perezas y de nuestros compromisos. (Cf Papa Francisco. Ángelus del II domingo de adviento 2015).

Nuestra conversión la comenzó el Señor, haciéndose uno de tantos, Y Dios que comenzó en nosotros esta obra buena, él mismo la llevara adelante siempre que nosotros queramos.

Profeta Baruc 5, 1-9
Salmo 125 R/. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
San Pablo a los Filipenses 1, 4. 8-11
Lucas 3, 1-6


Fr. J.L.

San Juan Bautista predicando en el desierto (1650-1655). Pier Francesco Mola
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza (Madrid)

domingo, 11 de noviembre de 2018

Lo poco que sirve para mucho DÍA DE LA IGLESIA DIOCESANA Una gran familia contigo

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario (B)


Entramos en la segunda semana de noviembre, o la tercera, continuamos en el mes en que recordamos a nuestros difuntos de manera especial.

Hoy las lecturas nos han presentado a dos viudas. La que da lo que tienen al profeta, para después esperar la muerte de hambre junto con su hijo; y la del evangelio de quien Jesús dice que echa en el arca del templo todo lo que tenía para vivir, aunque fuera poca cantidad y sonase a chatarrilla.

Dos viudas, que en palabras del Papa Francisco serían dos descartadas, dos personas traídas desde las periferias existenciales. En los tiempos de estas viudas bíblicas no había pensiones, ni seguridad social, ni residencias, ni asilos... La que tenía hijos o quien la mantuviese, quien de alguna manera se hiciese cargo de ella podía vivir o sobrevivir sin aprietos; la que no tenía a nadie o se arreglaba la vida con trabajos serviles o se moría de hambre. Casi al revés de nuestros días, cuando en tantas casas están viviendo tres generaciones gracias a la más o menos reducida pensión de los abuelos.

El Mujer, ahí tienes hijo del calvario, a parte de toda una lectura teológica, tiene también este sentido: Juan, atiende a mi madre como si fuese la tuya, porque es tu madre.

Dos características vemos comunes en estas viudas: por una parte la CARIDAD, compartir lo que se tiene y más aún lo que uno mismo precisa para sí y por otra la CONFIANZA. Confianza en la palabra del profeta como enviado por Dios y el abandono total en las manos de Dios de la viuda del Evangelio. Caridad y Confianza.

Hoy se celebra también el Día de la Iglesia Diocesana. Personas, instalaciones, acciones. Los números se multiplican, también las obras. En la presentación de esta jornada, hace unos días, don Fidel, nuestro arzobispo decía que «Si la Iglesia pide con una mano es para estar dando con la otra» Pero y gracias a Dios no todos son euros.

La realidad diocesana son 379 sacerdotes (bastante menos de un tercio por debajo del la edad de jubilación) 1250 religiosos y religiosas, 646 misioneros; 1003 parroquias (955 en zonas rurales) 950 catequistas, 778 voluntarios de Caritas, 95 comunidad de religiosos y religiosas incluidos 28 monasterios de clausura.

Mas de 35 millones de euros procedentes de ingresos por servicios, subvenciones, aportaciones de los fieles (casi 20 %) y aportación de la declaración de la renta (14 %) Empleado en la retribución de personal seglar y ordenado, así como seguridad social, construcciones nuevas y mantenimiento de edificios; acciones pastorales y asistenciales. Las comunidades religiosas con sus correspondientes obras (colegíos, residencias, hospitales...) y los monasterios contemplativos no entramos en estas cifras, somos autónomos económicamente.

La gran mano para dar de la Iglesia es Caritas donde se beneficiaron, según información diocesana, mas de 20000 personas por atenciones de todo tipo: mayores, enfermos crónicos, discapacitados. Personas sin hogar, drogodependientes, acogida de mujeres maltratadas, asesoría jurídica y/o psicológica, atención a menores, vivienda para familias desalojadas, ayudas en búsqueda de empleo...

Como nos decía el salmo responsorial: El Señor... hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. ... liberta a los cautivos. ... abre los ojos al ciego, ... endereza a los que ya se doblan, ... ama a los justos, ... guarda a los peregrinos. Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. Pues todas estas obras reconocidas en las manos de Dios no serías posibles sin las manos y las ganas de cientos de voluntarios en cada parroquia y en caritas, no serían posibles sin la colaboración de todos, con aportaciones de tiempo o económicas, aunque sean mínimas, como los dos reales de de la viuda del evangelio.

"Una gran familia contigo", reza el lema de la jornada, porque todos formamos parte, porque todos somos necesarios.

Felicidades a todos, por sentirnos y formar parte de la Iglesia Diocesana.

Primer libro de los Reyes 17, 10-16
Salmo 145, 7.8-9a. 9bc-10              R/. Alaba, alma mía, al Señor
Hebreos 9, 24-28
Marcos 12, 38-44

Feliz domingo
Fr. J.L.





sábado, 13 de octubre de 2018

Comprar el Reino

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)


¿Qué haré para heredar la vida eterna?

Muchos son los caminos que conducen a Dios, a la vida eterna. El encuentro con Dios se puede dar en el silencio, por la palabra, en un accidente, por un acontecimiento familiar, por una nueva vida o una muerte, un amigo o un desconocido, hasta un enemigo, en la contemplación de la naturaleza... lo único que no lleva a Dios es el dinero, a Dios no se le compra, Dios es gratis, gratuidad y gratitud.

El dinero es necesario, (todos comemos todos los días, hay que mantener estos grandes edificios), pero no lleva a Dios, es más, casi siempre por su mal uso y abuso, separa de Dios.

Cuántas veces conocemos y vemos gente sencilla que vive con lo justo, y a veces ni tan siquiera con esto, y son felices; y otros, a los que no falta de nada y en abundancia, apegados a sus riquezas, pero tristes y solos, desviviéndose en la preocupación de guardar y acrecentar su pobre riqueza.

Las riquezas que se apolillan y herrumbran, tesoros de la tierra para la tierra; los tesoros del cielo para el cielo.

La viuda pobre, el tesoro escondido, la perla preciosa... no pocas veces el Evangelio nos lo recuerda, dejar lo material y buscar lo importante, lo que hace crecer por dentro, lo que alimenta el espíritu.

La Sabiduría, como término bíblico, se traduce por conocimiento de Dios, por saboreo de Dios. Con Ella, nos dice la primera lectura, me vinieron todos los bienes. Oro, plata, piedras preciosas.. son nada ante ella. Incluso la salud y la belleza, que no son cosas materiales tangibles, brillan menos que Ella.

Vemos ricos a quienes sus riquezas no les dan para vivir ni mucho menos les dan vida. Vemos otros, ricos o pobres, que abandonados en Dios, sienten su mano protectora presente en sus vidas, como Padre, como Madre, desvividos por cada uno de sus hijos con un amor personal, individual y completo.

Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de los cielos. Hoy todos estamos apegados, nos hacemos ricos, nos creemos ricos, con mil cosas. Cosas, simplemente cosas. Mi dinero, mi coche, mi móvil, mis libros, mis juguetes, mis tonterías... mi, mi, mi... mi yo.

Para el diácono San Lorenzo, en los primeros siglos de la Iglesia, su riqueza eran los pobres. Para muchos voluntarios hoy, en mil organizaciones religiosas o no, su riqueza y la mejor paga, es la sonrisa de un anciano, o de un niño, de un enfermo, o de cualquier necesitado en quien emplean su tiempo y su saber, o el ver que una comunidad prospera con su ayuda en dignidad o educación... Estos bienes, estas riquezas llenan mucho y a la vez son bien livianas para pasar por la puerta estrecha, por el ojo de la aguja. La riqueza de la Iglesia son los pobres, la autoridad el servicio, el que quiera ganar su vida que la pierda... esta es la dinámica del Evangelio.

En la mentalidad humana el dinero lo puede todo, lo consigue todo, pero no, no nos confundamos. Podremos comprar libros, pero no inteligencia; compraremos comida, pero no apetito; adornos, pero no belleza; casa, pero no un hogar; medicinas, pero no salud; diversión, pero no felicidad; un crucifijo, pero no un Salvador. Podremos compara cosas, nunca valores, jamás la salvación.

Jesús, le miró con cariño. Nos mira con cariño. Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios, Dios lo puede todo. Donde está nuestro tesoro allí está nuestro corazón. Que nuestro corazón esté en Dios, en los necesitados, en servir... nuestra riqueza ya será grande aquí y nuestra recompensa eterna en el cielo.

Sabiduría 7, 7-11
Salmo 89, 12-13. 14-15. 16-17         R/. Sácianos de tu misericordia, Señor,
Hebreos 4, 12-13
Marcos 10, 17-30

Fr. J.L.

Lázaro y el rico Epulón (1570 aprox.) Leandro Bassano
Museo del Prado (Madrid)



sábado, 8 de septiembre de 2018

Effetá


XXIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)


Las lecturas que hemos escuchado nos proponen dos temas principales:
La elección, por parte de Dios, del necesitado y/o rechazado, y que es principalmente a éstos, a quien va dirigida su salvación.
Sólo el débil necesita que le digan que sea fuerte, sólo el miedoso precisa oír: no temas. Y además no temas ni te sientas débil porque es el mismo Dios, en persona, quien nos volverá a elevar, quien nos salvará. La primera lectura es todo un chute de optimismo, de esperanza mesiánica, de querer encontrarse y caminar al lado de ese Dios que en verdad salva.
Y esta profecía se cumple en Jesús, eso es lo que esperaba no ya el sordo casi mudo del Evangelio, sino también aquellos que se presenta trayéndole ante Jesús y le piden que le imponga las manos.
Jesús, dice el Evangelio, se aparta de la gente, parece que se esconde para no ser visto realizando el milagro, pocas veces vemos esto en los evangelios, estamos acostumbrados a otros modos: convierte el agua en vino ante los invitados a una boda; multiplica los panes delante de unos 5000 hombres sin contar mujeres y niños; cura a un endemoniado en la sinagoga un sábado cuando la gente está reunida para la oración; resucita a su amigo Lázaro ante muchos amigos y curiosos; cura a un paralítico al que tienen que descolgar en su camilla desde el tejado porque la aglomeración de gente impedía meterle por la puerta... solamente recuerdo otra ocasión que para hacer el milagro despide al gentío, para resucitar a la hija de Jairo donde manda salir de la casa a las plañideras y a la gente que se lamentaba y lloraba, y solamente con los padres de la niña y sus íntimos la llama para que vuelva a la vida.
Un segundo paralelismo guardan estos dos relatos: En ambos se conservan palabras en la lengua propia de Jesús, el arameo. En el de la hija de Jairo: Talita cumi; que traducido es: Muchacha, a ti te digo, levántate (Mc 5, 41) Y en el de hoy: Effetá, esto es: Ábrete.
Y todavía una tercera coincidencia: no contéis a nadie lo que a pasado (Mc 5, 43) les dice a los padres de la niña; y en el relato de hoy: les mandó que no lo dijeran a nadie.
En la celebración del sacramento del Bautismo, al final de todo, está el rito del Effatá (es optativo y he de decir que jamás lo he visto hacer y lo he hecho en los bautizos que he presidido). La oración que acompaña al gesto de tocar los oídos y la boca del bautizado dice: El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre. Amén. (Luego suelo decir a los padres que si ese niño es cura o religioso, o la niña monja o religiosa, me pueden echar la culpa a mí)
Effetá, que el Señor nos conceda escuchar su palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios.
Effetá, Ábrete. También hoy se nos dice a nosotros, effetá. Dejar en manos del Señor nuestras sorderas y "mudeces", nuestras cojeras y cegueras, los malos espíritus, humos o caracteres que de vez en cuando se nos escapan y más a menudo dejamos salir con libertad. Dejar que el Señor se ocupe, nos sane, que obre sus maravillas en nosotros.
El todo lo ha hecho bien aplicado a Jesús en el evangelio debe ser un recordatorio para su pueblo, para la Iglesia, para cada uno de nosotros que la formamos. Jesús sana, alimenta, da vida, impulsa, ilusiona, ilumina... mejora, une, unifica... y sin mirar a quién. A eso nos invita también Santiago el la segunda lectura: Dios y los favoritismos, grupillos, capillitas, llámese como se quiera no casan.
Que nuestro criterio sea el corazón de Dios y su mucha misericordia, y no las apariencias o los criterios humanos que tantas veces nos fallan.

Isaías  35, 4-7a
Salmo  145           R/. Alaba, alma mía, al Señor
Carta de Santiago  7, 31-37
San Marcos  7, 31-37

Feliz Domingo

Fr. J.L.

La hija de Jairo (1500). Paolo Veronese
Musée du Louvre (París)






domingo, 5 de agosto de 2018

Verdadero alimento

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)


Hemos escuchado el evangelio de este domingo según san Juan, continuación de el del domingo pasado y previo al de los dos domingos próximos, formado parte como de una isla dentro de la lectura continuada del evangelio de Marcos que se lee en el ciclo B, del denominado el sermón del pan de vida.
Recordamos que el pasado domingo Jesús saciaba a una muchedumbre, sólo los hombres eran unos cinco mil, con cinco panes de cebada y un par de peces que un muchacho, allí presente aportó. Y con el estómago lleno la gente quería hacerlo su rey, pero Jesús se retiró a la montaña solo.
Lo buscan y lo encuentra.
Según se va desarrollando el tema vamos cambiando de pan, vamos saltando de búsquedas ,como debemos cambiar de actitud, de obras.
Del pan material, el alimento diario, digno y necesario para todos, al Pan que permanece y da la vida.
Del buscar a Jesús porque nos harta de pan, a la comida que os dará el Hijo de Dios, en quien el Padre a puesto su sello.
De las obras de los hombres a que nuestras obras sean las obras de Dios.
Nosotros, ¿por qué buscamos a Dios?, ¿por qué, por lo menos cada domingo, nos acercamos a la Eucaristía?...
¿Por qué? Y podemos ser como los del evangelio, nos hartamos de pan; o me relajo, que está de moda, con el canto de los monjes, con una liturgia un poco cuidada, con un ritmo tranquilo; o por rutina, camisa, mesa y misa decía el refrán que marcaba las fiestas. Quiero pensar que no es el caso de ninguno de los presentes.
Quiero pensar que buscamos a Jesús y que venimos al banquete de la Eucaristía, porque sabemos que Él es el pan de vida. El pan que Dios da, el que ha bajado del cielo y da vida al mundo.
Muchas hambres hay hoy en el mundo, hambres materiales de alimentos físicos, nutricionales -un 12 % de la población mundial tiene escasez de alimentos- y más aún hambre de Dios -de este hambre no hay estadísticas, seguramente nos asustaríamos-, hambre y necesidad de dar sentido a la vida, de encontrase, de tener ilusiones por las que volver a empezar cada día como el primer día, con las ganas del primer día.
Que nuestro porqué sea Cristo, la Verdad, el Pan que da la vida.
Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que cree en mí, nunca más tendrá sed, escuchábamos en palabras de  Jesús al final del Evangelio.
Quien conoce a Cristo, quien se ha cruzado con Él, como nos decía San Pablo en la segunda lectura, conoce la verdad y vive según ella despojados de vuestra vieja naturaleza, ... renovados en vuestra mente y en vuestro espíritu, y revestidos de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios y que se manifiesta en una vida recta y pura, fundada en la verdad.
Señor, danos siempre ese pan. Que éste sea nuestro grito en la oración de estos días. Que siempre, con fe y esperanza cristiana, miremos, caminemos hacia delante dejando atrás las ollas de Egipto. Con la confianza del día a día como los hebreos en el desierto que salían a diario a recoger únicamente lo necesario para cada día... y al que recogía de más no le sobraba y al que recogía poco no le faltaba.

Éxodo 16, 2-4. 12-15
Salmo 77 R/. El Señor les dio un trigo celeste
Carta a los Efesios 4, 17. 20-24
San Juan 6, 24-35

Feliz Domingo
Fr. J.L.

Cesta de Pan (1926). Salvador Dalí
Museo de Arte de Filadelfia (EEUU)





viernes, 29 de junio de 2018

Solemnidad de los apóstoles San Pedro y San Pablo


Hoy celebramos a los santos apóstoles Pedro y Pablo, titulares de este monasterio; columnas de la Iglesia universal.
La Iglesia une en una única celebración el primado de Pedro y el afán misionero de Pablo; las dudas, negaciones y arrepentimientos del primero y la entrega -casi radical- del segundo; al tosco pescador de Galilea con el docto alumno de la escuela de Gamaliel. Dos polos opuestos que atraían en una sola dirección, Jesús, el Hijo de Dios muerto y resucitado para la salvación del mundo.
Los dos vivieron y sufrieron mil peripecias por el Reino de Dios.
En la primera lectura hemos escuchado la liberación de Pedro, encarcelado para ser ejecutado y bien custodiado, pero la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él y un parco ángel le saca de prisión: date prisa, levántate. Ponte el cinturón y las sandalias. Échate el mato y sígueme. Con su rudeza habitual le costó darse cuenta de la realidad: Pues era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos.
La Iglesia oraba insistentemente a Dios por él. Esta frase nos coloca en nuestros días y en el Papa Francisco, el sucesor de Pedro, y su insistencia ya habitual: y no se olviden de rezar por mi, con que termina cada audiencia, cada discurso, cada saludo,... La Iglesia oraba insistentemente a Dios por él. Y Dios lo asistió, Dios manto a su ángel.
La parte de la segunda carta de San Pablo a Timoteo que hemos escuchado como segunda lectura, suena y es en verdad la despedida de un maestro a su discípulo, de dos colegas en el trabajo de la viña del Señor, de dos amigos unidos en la caridad que sólo viene de Dios. En otros textos Pablo cuenta sus muchos percances en el trabajo por la extensión del Reino, las dificultades y reticencias con los apóstoles y discípulos que conocieron a Jesús vivo antes de la pasión muerte y resurrección, sus problemas con los de casa y con los de fuera. Ahora presiente el final: Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. A veces lo último es lo más importante: he mantenido la fe. Todo lo gozado y lo sufrido , todo y sólo ha sido para mantener la fe, para dar a conocer como dirá en otro sitio (2Cor 4, 7) este tesoro que llevamos en vasijas de barro.
Hasta aquí nos quedan dos cosas claras: El poder de la oración de la comunidad eclesial y esto ya estaba anunciado: (Mt 18, 20) Donde dos o tres se reúnan en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos. (Mt 21, 22) Todo lo que pidáis con fe en mi nombre se os concederá. Y la ciega confianza de estos dos apóstoles: (Mt 14, 28) Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua. (Lc 5, 5) ...en tu nombre echaré las redes. (2Tim 4, 8. 17) Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; ... El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo.
Del Evangelio que hemos escuchado resuena para cada uno de nosotros la pregunta de Jesús a sus discípulos: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Podríamos dar mil respuestas, escribir unos cuantos libros, alargar las predicaciones...
Seguramente todo o gran parte sería correcto, pero también podríamos, como Pedro y como Pablo, dejar que nuestras vidas hablen, dejar hablar a nuestras buenas obras, cada uno en su puesto, con su gente, viviendo en respuesta a la llamada al seguimiento de Jesús, a la vocación a la santidad, como nos recuerda el Papa Francisco.
Recordemos en este día al Papa Francisco, depositario de las llaves del reino de los cielos tan simbólicas como eficaces. Recordemos a nuestro obispo Fidel y a todos los obispos, sucesores de los apóstoles, que confían en la oración de su pueblo y se abandonan en las manos de Dios para que su trabajo de fruto. Pidamos por la unidad de la Iglesia. Por las iglesias jóvenes y viejas, por la extensión del reino de Dios a todo el mundo.
Que los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, intercedan por todos nosotros.

Hechos de los Apóstoles 12, 1-11
Salmo 33 R./ El Señor me libró de todas mis ansias
Segunda carta a Timoteo 4, 6-8, 17-18
San Mateo 16, 13-19


Fr. J.L.

Figuras San Pedro y San Pablo (centro y derecha) en el timpano de la portada de la
Iglesia de San Pedro de Cardeña (s. XV)




sábado, 23 de junio de 2018

Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista

XII Domingo del tiempo ordinario


Hoy la Iglesia celebra a San Juan Bautista, el precursor del Señor.
Un Santo cuanto menos "particular": a caballo entre el Nuevo y el Antiguo Testamento; la persona que más habla en los Evangelios después de Jesús; el único santo de quien la Iglesia celebra el nacimiento -también se celebran el de Jesús y el de María- y la muerte o pasión (29 de agosto); y la única celebración de santos, junto con los Apóstoles Pedro y Pablo -solemnidad que celebraremos en cinco días-, que vienen inscritos en el calendario general de la Iglesia y que prevalecen sobre la celebración dominical.
Es, en los textos bíblicos, también un personaje "particular". Cuya concepción y nacimiento estuvo envuelto en teofanías, apariciones y misterios: Unos ancianos y estériles, ambos de familia sacerdotal, justos ante Dios, que ya sin esperanza conciben un hijo. Un hijo pedido al Señor en la oración -tu ruego ha sido escuchado le dice el Ángel a Zacarías-; un hijo que trae el pan -por lo menos un pan espiritual- bajo el brazo, alegría y gozo y muchos se alegrarán de su nacimiento; elegido por el Señor y lleno del Espíritu Santo ya en el vientre materno; avanzadilla del Mesías, por quien muchos volverán al Señor. Un hijo tan pedido y deseado como ya inesperado, ahí las dudas de Zacarías.
Un Niño, que ya en el seno de su madre, salta de gozo al acercarse María llevando en su propio seno al Salvador que Juan había de anunciar; un niño que a la hora de ponerle nombre no sigue la tradición familiar sino que tiene un nombre puesto ya por Dios; un niño que sin saberlo suelta la boca y la lengua de su padre que empezó a hablar y lo primero que sale de esa boca clausurada y ahora abierta son bendiciones para Dios. Bendito sea el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo... oración, el benedictus, que toda la Iglesia repite a diario en la oración de laudes
Un niño que sobrecogía y admiraba; que sin aún hablar ya cuestiona y hace reflexionar a los vecinos y a toda la montaña de Judea. Un niño que iba de la mano de Dios, que crecía y su carácter se afianzaba, vivió en el desierto, dicen los estudios que, con los monjes de Qumrán.
Juan era la voz que anunciaba la Palabra, el dedo que señalaba al Salvador. ¿Qué salisteis a ver al desierto? Preguntaba Jesús a la gente:  ¿Una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas?; ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Porque éste es de quien está escrito: He aquí, yo envío mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino delante de ti. En verdad os digo: Entre los nacidos de mujer no ha habido otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, es mayor que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. Porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan. Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir. El que tenga oídos para oír, oiga.
Juan era la voz que grita en el desierto, que hoy sigue gritando en nuestros muchos desiertos. Que con su figura austera, vestido de piel de camello, alimentándose con saltamontes y miel silvestre, nos recuerda lo que en verdad importa en nuestras vidas. Su llamada a la penitencia sigue resonando para nosotros 2000 años después. La invitación a seguir a la Palabra encarnada también es hoy para nosotros. Su humillarse, hasta desaparecer, para que brille la verdadera Luz del mundo; el acallar su voz para que se escuche la Palabra, con mayúsculas, nos recoloca a cada uno en nuestro lugar.
El mayor nacido de mujer y a la vez el menor en el Reino de los Cielos sigue siendo hoy para nosotros toque de atención en nuestras vidas despistadas, flojas, llenas de cosas que no ayudan demasiado a vivir en cristiano, a seguir sin lastres a Cristo.
San Juan Bautista, ruega por nosotros.

Feliz Domingo

Isaías 49,1-6
Salmo  138           R/. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente.
Hechos de los Apóstoles 13, 22-26
San Lucas 1, 57-66. 80

Fr. J.L.
  
Nacimiento de San Juan Bautista (hacia 1635). Artemisa Gentileschi
Museo del Prado (Madrid)



domingo, 27 de mayo de 2018

En el nombre de Dios, Uno y Trino


Domingo de la Santísima Trinidad (B)


Deuteronomio 4, 32-34. 39-40

Sal 32 R/. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad
Romanos 8, 16-20
Mateo 28, 16-20

La Trinidad es comunión de Personas divinas, las cuales son una con la otra, una para la otra y una en la otra: esta comunión es la vida de Dios, el misterio de amor del Dios vivo. Y Jesús nos reveló este misterio. Él nos habló de Dios como Padre; nos habló del Espíritu; y nos habló de sí mismo como Hijo de Dios. Y así nos reveló este misterio. Y cuando, resucitado, envió a los discípulos a evangelizar a todos los pueblos les dijo que los bautizaran «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). Este mandato, Cristo lo encomienda en todo tiempo a la Iglesia. (Angelus de Papa Francisco, 31-05-2015)

Por lo tanto, la solemnidad litúrgica de hoy, al tiempo que nos hace contemplar el misterio estupendo del cual provenimos y hacia el cual vamos, nos renueva la misión de vivir la comunión con Dios y vivir la comunión entre nosotros según el modelo de la comunión divina. No estamos llamados a vivir los unos sin los otros, por encima o contra los demás, sino los unos con los otros, por los otros y en los otros. Esto significa acoger y testimoniar concordes la belleza del Evangelio; vivir el amor recíproco y hacia todos, compartiendo alegrías y sufrimientos, aprendiendo a pedir y conceder el perdón, valorizando los diversos carismas. En una palabra, se nos encomienda la tarea de edificar comunidades eclesiales que sean cada vez más familia y familias cada vez más iglesia, capaces de reflejar el esplendor de la Trinidad y evangelizar, no sólo con las palabras, sino con la fuerza del amor de Dios que habita en nosotros. 

El camino de la vida cristiana es, en efecto, un camino esencialmente «trinitario»: el Espíritu Santo nos guía al pleno conocimiento de las enseñanzas de Cristo, y también nos recuerda lo que Jesús nos enseñó; y Jesús, a su vez, vino al mundo para hacernos conocer al Padre, para guiarnos hacia Él, para reconciliarnos con Él. Todo, en la vida cristiana, gira alrededor del misterio trinitario y se realiza en orden a este misterio infinito. Todos los sacramentos, también los sacramentales y muchas de nuestras devociones, comienzan y terminan en nombre con la bendición trinitaria.. Cualquier obra que empezamos, -antes más que ahora- algunos todavía lo hacen, comienzan en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Aún se puede ver , no sin sorpresa y admiración a alguien que sale de su casa y se santiguan comenzando así su actividad diaria las tres Divinas Personas Intentemos pues, mantener siempre elevado el «tono» de nuestra vida, recordándonos para qué fin, para cuál gloria nosotros existimos, trabajamos, luchamos y sufrimos; y a cuál inmenso premio estamos llamados. Este misterio abraza toda nuestra vida y todo nuestro ser cristiano. 

En este último domingo del mes de mayo, el mes de María, nos encomendamos a la Virgen María. Que Ella, quien más que cualquier otra criatura, ha conocido, adorado, amado el misterio de la Santísima Trinidad, nos guíe de la mano; nos ayude a percibir, en los acontecimientos del mundo, los signos de la presencia de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo; nos conceda amar al Señor Jesús con todo el corazón, para caminar hacia la visión de la Trinidad, meta maravillosa a la cual tiende nuestra vida. Le pedimos también que ayude a la Iglesia en general y a esta Iglesia monástica de Cardeña, a ser misterio de comunión y comunidad hospitalaria, donde toda persona, de cualquier clase, credo y condición, pueda encontrar acogida y sentirse hija de Dios, querida y amada. 

El domingo 27 de mayo, solemnidad de la Santísima Trinidad, se celebra la Jornada Pro Orantibus. Los obispos españoles, en el Año Jubilar Teresiano, proponen como lema la invitación de Santa Teresa, “Solo quiero que le miréis a Él“. Además manifiestan “el agradecimiento y, a la vez, el apoyo paternal a los innumerables hombres y mujeres que esparcidos por la geografía española mantienen vivo el ideal religioso de la vida contemplativa”.

En España, según datos de diciembre de 2017, hay 801 monasterios de vida contemplativa (35 masculinos y 766 femeninos) y 9.195 religiosos y religiosas (340 masculinos y 8.855 femeninas). 

Según los datos que se están recopilando, en los monasterios españoles hay aproximadamente 150 postulantes; 250 novicias y 450 profesas temporales. En las congregaciones religiosas femeninas habría alrededor de un 26% de extranjeras. 

Buscando el rostro de Dios 

Desde que el papa san Juan Pablo II en su exhortación Vita consecrata, en 1996, propuso a todos los consagrados «contemplar el rostro radiante de Cristo» (VC, n. 14) con el fin de reconocer los rasgos esen­ciales de la vida consagrada, el Magisterio pontificio ha desarrollado una teología espiritual centrada en la búsqueda del rostro de Dios. 

El documento Caminar desde Cristo (2002), después de afirmar que «las personas consagradas, contemplando el rostro crucificado y glorioso de Cristo y testimoniando su amor en el mundo, acogen con gozo, al inicio del tercer milenio el camino que la vida consagrada debe emprender» (CdC, n. 1), se preguntaba y respondía: «¿dónde contemplar concreta­mente el rostro de Cristo? Hay una multiplicidad de presencias que es preciso descubrir de manera siempre nueva» (CdC, n. 23). 

Años después, El servicio de la autoridad y la obediencia (2008) presen­tó la vida consagrada como testimonio de la búsqueda de Dios, e ilu­minó el ejercicio de la autoridad y la vivencia de la obediencia a partir del Salmo 26: «Tu rostro buscaré, Señor» (SAO, n. 1). 

«La búsqueda del rostro de Dios» (VDQ, n. 1) vuelve a ser el punto de partida de la constitución apostólica Vultum Dei Quaerere (2016) sobre la vida contemplativa femenina. Se afirma que las personas consagradas «son llamadas a descubrir los signos de la presencia de Dios en la vida cotidiana (…) en un mundo que ignora su presencia» (VDQ, n. 2). 

Y para superar los actuales desafíos de la vida consagrada la Congre­gación vaticana para la vida consagrada (CIVCSVA) ofrece en A vino nuevo en odres nuevos (2017) orientaciones concretas que parten de «la novedad del estilo con que Jesús revela al mundo el rostro misericor­dioso del Padre» (VNON, n. 1). 

La búsqueda de Dios pertenece a la historia del hombre. La bús­queda de lo divino, incluso muchas veces de modo inconsciente (cf. SAO, n. 1), forma parte del aspecto religioso del ser humano. «Tu rostro buscaré» (Sal 26, 8) cantaba el salmista del Antiguo Testamen­to. Y Jesucristo provocaba esta búsqueda entre sus seguidores: ¿qué buscáis? (Jn 1, 38). «Nadie podrá quitar nunca del corazón de la per­sona humana la búsqueda de Aquel de quien la Biblia dice “Él lo es todo” (Si 43, 27) como tampoco la de los caminos para alcanzarlo» (SAO, n. 1). 

La búsqueda de Dios no es pura curiosidad, ni simple ansia de saber o capricho humano. El hombre busca agradar a Dios pues reconoce que la divina voluntad es «una voluntad amiga, benévola, que quiere nue­stra realización, que desea sobre todo la libre respuesta de amor al amor suyo, para convertirnos en instrumentos del amor divino» (SAO, n. 4). 

La inspiración originaria de la vida consagrada «está en la búsqueda de la conformación cada vez más plena con el Señor» (VC, n. 37). En efecto, el consagrado, con su vida y misión, es signo profético que te­stimonia al mundo los rasgos esenciales de la persona, plenamente humana y divina, de Cristo. «La persona consagrada es testimonio de compromiso gozoso, al tiempo que laborioso, de la búsqueda asidua de la voluntad divina» (SAO, n. 1) y de los medios para conocerla y para vivirla con perseverancia. 

Más aún, «para cada consagrado y consagrada el gran desafío consi­ste en la capacidad de seguir buscando a Dios con los ojos de la fe en un mundo que ignora su presencia» (VDQ, n. 2). El apartarse del mundo les permite descubrir con mejor perspectiva la presencia de Dios en el corazón del mundo y, al mismo tiempo, sus comunidades son luz en el candelero y ciudad en lo alto de la montaña (cf. Mt 5, 14-15) que indica el camino que debiera recorrer la humanidad. 

De modo especial, la vida contemplativa es la forma de consagración privilegiada por la que tantos hombres y mujeres, dejando la vida se­gún el mundo, buscan a Dios y se dedican a Él, no anteponiendo nada al amor de Cristo (cf. VC, n. 6). «Los monasterios han sido y siguen siendo, en el corazón de la Iglesia y del mundo, un signo elocuente de comunión, un lugar acogedor para quienes buscan a Dios y las cosas del espíritu» (VC, n. 6). 

La dinámica propia de la vida contemplativa, que armoniza la vida interior y el trabajo, junto con la obediencia, la estabilidad, la celebra­ción de la liturgia y la meditación de la Palabra se convierte en una verdadera «peregrinación en busca del Dios verdadero» y en un «ca­mino de configuración a Cristo Señor» (VDQ, n. 1), cuya fuente es la contemplación del rostro de trasfigurado por la Pasión, muerte y Re­surrección del Hijo de Dios. 

En el Año Jubilar Teresiano 

¡Quién mejor que la santa andariega, peregrina por los caminos del espíritu, para indicarnos la necesidad de contemplar a Jesús! «Solo quiero que le miréis a Él» es la fuerte invitación de santa Teresa a todos nosotros en el primer Año Jubilar Teresiano concedido por el santo padre a la Iglesia española y en particular a la diócesis abulense. 

Los obispos españoles proponen dicha invitación como lema de la Jornada «Pro orantibus» de este año y, de este modo manifiestan el agradecimiento y, a la vez, el apoyo paternal a los innumerables hom­bres y mujeres que esparcidos por la geografía española mantienen vivo el ideal religioso de la vida contemplativa. 

«Solo quiero que le miréis a Él» implica una doble peregrinación en la espiritualidad de santa Teresa, que recoge magistralmente en uno de sus poemas que lleva el título: «Alma, buscarte has en Mí», pero que concluye con el verso «y a Mí buscarme has en ti». 

El primer momento de esta peregrinación consiste en un camino de interioridad: «a Mí buscarme has en ti», en la que la persona contem­plativa, y con ella todo bautizado, peregrina hacia su interior dónde descubrirá, gozosa, la presencia del amor divino y la respuesta del amor humano a su Dios y Esposo. 

La trascendencia es el camino ascendente de la peregrinación espi­ritual. El corazón que ha descubierto y contemplado a Dios en su interior, se eleva hacia Él y acoge su indicación: «Alma, buscarte has en Mí». Se trata ahora de descubrir como la propia alma está inmersa en Dios como el agua en la esponja (cf. Relación 45). 

En esta jornada de la vida contemplativa, que la Iglesia en España celebra el domingo de la Santísima Trinidad, invitamos a todos los hombres y mujeres que, siguiendo la invitación divina, han asumido esta forma de consagración, a buscar a Cristo en su propio corazón y descubrirse ellos mismos en el Corazón de Cristo. Así serán auténticos testimonios para todos los fieles y para el mundo entero. 

Madrid, 27 de mayo de 2018
Solemnidad de la Santísima Trinidad



domingo, 29 de abril de 2018

Con Él... Todo


V Domingo de Pascua 



Todos hemos visto las podas en los jardines en las viñas, en los frutales, hasta en las matas de los tomates se arrancan los chupones. Toda poda es un herir, un romper la rama ya crecida, parece dar un paso atrás pero bien sabemos que sirve para coger más impulso, para resurgir con más fuerza, para concentrar la sabia nueva en las ramas elegidas donde se concentrarán los frutos en el tiempo de la cosecha.

San Pablo, en la primera lectura, es un podado por el viñador Dios. Él, maestro de la ley reconvertido en apóstol fervoroso ve como desconfían de sus intenciones, como se le cierran las puertas, como le tienen miedo. Los suyos le temen y a los otros les estorba, tanto que deciden suprimirlo... buena poda.

San Juan, en la segunda lectura, nos propone un criterio por el que conocemos que permanecemos en el Señor: Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio. 

Dios en nosotros y nosotros en Él.

Como el sarmiento sin viña, como la rama sin tronco, como la planta sin raíz, como el mar sin agua, como el día sin luz... así es el cristiano sin Cristo.

Nuestra vida sólo tiene sentido y da sentido si está fundamentada en Cristo, el Cristo que habita en nosotros en palabras de San Pablo. Cristo resucitado es la savia nueva que corre por las venas de la comunidad creyente, sólo así se puede dar buen fruto, solo así seremos coherentes, sólo así daremos testimonio, sólo así la luz de Cristo brillará en nosotros y se traducirá en buenas obras, y se proyectará en sonrisas, y, sin querer, iluminaremos por doquier con nuestra simple mirada, con nuestra humilde presencia.

Si no permanecéis en mí... somos sin-sentido y seguramente re-sentidos, nuestra vida deambulara sin norte, todo serán quejas pues seremos protesta viviente, sin encontrar nuestra razón de ser, desubicados personal, social y religiosamente. Estaremos secos, in-servibles, in-sensibles, in-sulsos...

Hablamos de permanencia, hablamos de cercanía, hablamos de trato asiduo, hablamos de comunión como participación en común de bienes, hablamos de Dios en nosotros. Hablamos que sólo así obraremos según Dios, y como, con Jesús, las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí (Jn 10, 25) No nos harán falta grandes discursos, ni espectaculares milagros, ni masivas conversiones, Dios irá haciendo su obra como la savia recorre la vid y llega al extremo de cada sarmiento y termina dando un generoso racimo, con discreción, en silencio, de día y de noche, este nublado o salga el sol... la savia fluye y llega al sarmiento más minúsculo, al más insignificante... Dios está en nosotros y obra por nosotros.

...sin mí no podéis hacer nada. Con Él... todo.

Hechos de los Apóstoles 6, 26-31.
Sal 21, 26b-27. 28. 30. 31-32 R/. El Señor es mi alabanza en la gran asamblea
Primera carta del apóstol san Juan 3, 18-24
Juan 15, 1-8


Fr. J.L.

Icono ortodoxo del siglo XVI - Museo Bizantino de Atenas

sábado, 24 de febrero de 2018

Escucha

II Domingo de Cuaresma (B)


Dos montañas aparecen en las lecturas de hoy; más de 50 montes o montañas aparecen con nombre propio en el Antiguo Testamento. Unas cuantas aparecen también en los Evangelios y en el libro del Apocalipsis, de ellas sólo tres tienen nombre propio: el monte Tabor, el de los Olivos y el Calvario. Todas son un lugar elevado donde se siente cerca a Dios, donde se le escucha y incluso se le habla, dónde se le ofrecen sacrificios y ofrendas, donde hace promesas y entrega sus mandatos.
Los montes y montañas siempre han estado vinculados a esa cercanía de Dios. Incluso muchos monasterios están situados en altos o lo llevan en su nombre... Monte Athos, Monte Casino, Mont San Bernard, Montesión, Mont de Cats...
Incluso nuestro altar, el término altar, trae una idea similar, por definición: plataforma elevada donde se ofrece el sacrificio, la montaña dentro del templo, el lugar de intercambio con Dios.
Dos montañas y dos Palabras de Dios.
Dios llama a Abrahán y dos veces responde con la misma respuesta, Aquí me tienes. Actitud de escucha, repuesta pronta, disponibilidad total. Lo narrado en el texto nos puede resultar hasta cruel, ¿qué padre es capaz de sacrificar a su hijo? No nos habla de la actitud de Isaac, sí en la parte omitida de sus dudas sobre lo que iban a hacer, pero con todo Isaac confía en su padre Abrahán, que a su vez confía plenamente en Dios.
En el Evangelio Dios se manifiesta en una montaña alta, montaña sin nombre en el evangelio de Marcos. Montaña para encontrarse, para escuchar, para aprender, para purificar nuestros ojos y todo lo que ven.
Escuchar la Palabra, como Abrahán, como los apóstoles, escuchar la voz del Padre, algo muy evangélico, muy monástico, muy cuaresmal.
Subir a la montaña y contemplar, y gozar de la visión de Dios en todo su esplendor y escuchar su palabra y llenarnos de ella, y hasta palpar la tentación de querer quedarnos en eso, sólo en eso... qué bien se está aquí, hagamos tres tiendas...
Subir a la montaña y escuchar la Palabra del Señor, recibir y no estancarse, bajar y vivir la palabra recibida.
Subir y bajar para compartir su Palabra, para irradiar entre los demás la gloria de Cristo, al mismo Cristo en nosotros, entre nosotros: Lo bien que se está aquí y lo bueno que es el Señor.
Subir y bajar para que se cumpla la revelación; por esto a su lado aparecen transfigurados Moisés y Elías, que representan la Ley de los profetas, significando que todo termina y comienza en Jesús, en su pasión y su gloria.
La cuaresma es nuestro tiempo, nuestra oportunidad de subir a alguna montaña espiritual, de buscar un momento para leer la Palabra, para escuchar al Señor... para encontrarnos en el silencio.
Nuestro tiempo para caminar hacia la Pascua.

Génesis 22,1-2. 9-13. 15-18
Salmo 115 R/. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida
Carta a los Romanos 8, 31b-34
San Marcos 9, 2-10

Feliz Domingo
Fr. J.L.

Trasfigurazione di Cristo (1480-1485). Giovanni Bellini
Museo de Capodimonte (Nápoles)


sábado, 20 de enero de 2018

La primera enseñanza

III Domingo del Tiempo Ordinario (B)


Pasada la Navidad y enrolados ya en el Tiempo Ordinario, estos primeros domingos nos presentan los primeros pasos de Jesús en lo que llamamos su vida pública. Pasado el tiempo en el desierto; bautizado en el Jordán con el testimonio de Juan, la voz del Padre y la asistencia del Espíritu; Jesús elige a sus primeros discípulos (domingo pasado) y en éste comienza su predicación: Se ha cumplido el tiempo, convertíos porque está cerca el Reino de Dios.

Se ha cumplido el tiempo, el kairos en el griego del evangelio de Marcos, algo más que el kronos, no sólo un momento temporal, sino un momento de gracia para nosotros, un momento oportuno que marca nuestra vida.

Convertíos es un grito que a menudo resuena en la escritura. Convertíos, predica Jonás en los habitantes de Nínive. Convertíos, volved al Señor, volved a vuestro Dios.

Conversión como metanoia, otro término griego y de profunda tradición monástica.

Los monjes que seguimos la Regla de San Benito hacemos el voto de Conversión de vida, la Conversatio morum, cambiar de costumbres, cambiar de caminos, cambiar de lugar, cambiar de gente,... cambiar de vida para volver al Señor. Redirigirnos hacia el Señor si es necesario cambiando de dirección y a veces tomando la dirección opuesta a la que caminamos, a la del mundo.

Convertíos al Señor y el se convertirá a vosotros. Ah, el Señor también cambia de dirección. Pues sí, el Señor hará lo posible, cogerá el camino que haga falta, para hacerse nuestro encontradizo. Mirad si cambió de camino que siendo Dios se hizo hombre, más aún -que en este caso es menos- se hizo esclavo y pasando por uno de tantos se sometió incluso a la muerte y una muerte de Cruz.

El profeta Jonás, antes de predicar en Nínive la conversión como le había mandado el Señor, cogió su propio camino, huyó del Señor, hasta acabar en el vientre de un cetáceo; no quería predicar las amenazas del Señor porque bien sabía que Dios es clemente y misericordioso, y se arrepiente de sus amenazas.

Convertíos al Señor, es lo que él espera, un pequeño paso y volverse hacia él que es rico en perdón y lleno de misericordia.

Por aquí comienza la predicación de Jesús. Por aquí comienza la predicación de todos los profetas que antes que él anunciaron su venida. Me atrevería a decir que todos las religiones, incuso todas las filosofías, comienzan por aquí, por un volver, un retorno al origen, al principio, a la búsqueda de uno mismo en Dios, en la naturaleza, en los otros, en todo.

Convertíos, volved. En el principio todo era bueno, todo hacía referencia a Dios.

La llamada a los discípulos -que también hemos escuchado- les obliga a hacer su propia conversión, su cambio de rumbo: dejando la barca y a su padre le siguieron. Dejan barca y padre, trabajo y familia, comodidades y rutinas, futuro y costumbres.

Con su actitud no sólo reconocen la Buena Noticia que trae Jesús, es más, confirman que es buena noticia para cada uno de ellos. La fe no sólo es asentimiento de verdades enseñadas es más bien confiarse en la persona de Jesús. Convertirnos es ir haciéndonos otros cristos, configurándonos con la persona de Cristo.

Hoy somos nosotros a quien se dirige y los que escuchamos esta Palabra. Jesús pasa a nuestro lado y nos invita a convertirnos -desde dentro- porque el Reino está cerca. Y nos llama por nuestro nombre. Para que le sigamos, para que seamos sus discípulos, -pobre del cristiano, cura, laico, monje... lo que sea, que se crea que su conversión está cumplida, que su aprendizaje terminado, que su configuración con Cristo ya es total-. Cada día nos llama, cada día nos invita a volver a aquel principio donde y cuando todo era bueno.

El momento es apremiante, como dice Pablo en la segunda lectura. Nuestra conversión abierta.

Feliz Domingo

Jonás 3,1-5.10
Salmo 24 R/. Señor, enséñame tus caminos
Primera carta a los Corintios 7, 29-31
San Marcos 1, 14-20

Fr. J.L.

La Pesca Milagrosa (1515). Cartón de Rafael Sanzio
Albert Museum (Londres)