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jueves, 20 de enero de 2022

Sagrada Familia

Domingo después de Navidad 26-12-2021 (C)

 

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14

Salmo 127            R/. ¡Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos!

A los Colosenses 3, 12-21

San Lucas 2, 41-52

 

Fiesta de la Sagrada Familia, fiesta de la armonía, de la concordia, de la convivencia.

La celebración de la Sagrada familia como fiesta litúrgica celebra la unidad familiar divina y humana de Jesús, María y José. Nos invita a acoger, vivir y proclamar la verdad y la belleza de la familia, según el plan de Dios que quiso nacer bajo una humilde familia para hacer brillar su luz a todas las naciones.

La Sagrada familia es el modelo de virtudes de todas las familias. Así Dios lo quiso, nacer en el seno de una familia, formada por José María y Jesús, en donde el Hijo de Dios fue acogido con gozo, donde nació pobre y humilde, donde creció y se educó como hombre, obediente a Dios, a María y a José, en la cual se evocaban todas las mejores virtudes domésticas que deben reinar en el hogar de todas las familias del mundo.

Es una fiesta de devoción difundida entre el pueblo a partir del siglo XVII y varias congregaciones religiosas nacieron bajo esta advocación. Uno de los países en los que se extendió de un modo especial fue Canadá, donde en 1863, en la ciudad de Montreal se fundó la asociación de la Sagrada Familia, y ese mismo año se celebró por primera vez la fiesta. El Papa León XIII hace referencia a Canadá en su carta "Nemimen Fugit de 1892.

El 26 de octubre de 1921, justo se han cumplido este año cien , siendo papa Benedicto XV, la Sagrada Congregación para la Liturgia amplió la Fiesta de la Sagrada Familia a la Iglesia Universal y, a partir de la revisión del calendario litúrgico de 1969, se trasladó del primero domingo después de Epifanía al domingo de la octava de navidad. Podemos hablar de una celebración moderna, si la comparamos con otras que en estos días celebramos también.

El Eclesiástico nos habla de las relaciones hijos - padres y padres - hijos. Respeto y honra cumplidos en promesas, expiación de pecados, acumulación de tesoros, alegría en la descendencia, oración escuchada, larga vida... Dicen que los hijos son un regalo de Dios, también los padres son un regalo para sus hijos, aunque nos demos cuenta demasiado tarde.

Fiesta de la Sagrada Familia, fiesta de la armonía, de la vida fraterna... donde reina el Amor. San Pablo lo especifica en la lectura posible para este día. Revestidos de misericordia, bondad, humildad, dulzura, comprensión, sobrellevaros y perdonaros, y ceñidos por el amor. Si obrásemos así sería fácil corregir y ser corregidos, nuestra vida sería siempre acción de gracias a Dios y al hermano. Si todo se hace en nombre del Señor, nuestra vida no será baldía siempre será fructífera.

En la familia, en la comunidad, en nuestros trabajos, en la sociedad… es más fácil ser sometido o someter que ser amado o amar; es más provechosos caminar juntos que ir poniendo trampas en el camino.

En la Familia de Nazaret hay armonía, hay miedo compartido, pero por encima de todo hay Dios que mueve, que da sentido que ilumina, que acompaña.

El Evangelio que hemos escuchado nos narraba la peregrinación a Jerusalén de la familia de José, con María y Jesús, junto con otros parientes, conocidos, coetáneos y coterráneos.

La Primera palabra que resalta es buscar. Y nos dice Jesús en otro pasaje del Evangelio que el que busca encuentra. Buscar es sinónimo de escudriñar, de indagar, de preguntar por algo o por alguien. Quien busca necesita, y seguramente su búsqueda le hará crecer. Pero también nos cruzamos con quien no busca nada o porque tienen de todo o por simple pereza, o simplemente porque no esperan encontrar o están cansadas de búsquedas infructuosas. A Dios también lo buscamos, de hecho para los candidatos a monjes es lo primero que pide San Benito en el capítulo 58 de la Regla: mírese si el que viene queriendo entrar en el monasterio de veras busca a Dios.

Las primeras palabras de Jesús en el Evangelio de Lucas -las hemos escuchado hoy-también incluyen la palabra buscar: ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en casa de mi Padre? Búsqueda y vinculación con el Padre celestial.

No suele ser fácil entender los planes de Dios, ni siquiera María y José entienden. No entienden pero aceptan.

Que nosotros no cesemos nunca de buscarlo, que nuestra fe se mantenga en Él, que como María, guardemos y meditemos todo en nuestro corazón

 

Feliz Domingo

 

fr. jl

 

 

Toda pura eres María...

 

INMACULADA CONCEPCIÓN

8 de diciembre 2021

 

Lectura del libro del Génesis 3, 9-15. 20

Salmo 97, 1. 2-3ab. 3c-4                   R/. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas

San Pablo a los Efesios 1, 3-6. 11-12

San Lucas 1. 26-38

 

 

Celebramos la Inmaculada Concepción de María

Cuatro son los personajes que el adviento nos presenta como guías y modelos en la espera del Señor: Isaías, cuyas profecías alusivas al Mesías vamos escuchado a lo largo de todo el adviento; Juan el Bautista, el precursor, la voz que clama en el desierto preparad un camino al Señor... ; María la Madre que espera el nacimiento de un hijo del que sabe que no sabe, del que le han dicho -que de él hablaron los antiguos profetas- pero no entiende, un hijo que lleva en su seno y es Hijo de Dios...; y por último san José, el esposo de María.

Pero hoy solo brilla María. María, la toda pura en su confiada espera del Salvador, como símbolo de lo que nosotros querríamos ser, de lo que nosotros deberíamos ser. María en la anunciación, en la visitación, en su concepción inmaculada, es la Virgen del Adviento, la Virgen de la espera y de la esperanza.

El espíritu de nuestro Adviento, el litúrgico y aquel otro que abraca toda la vida en la tierra, es vivir con María, la realidad divina que lleva en sus entrañas.

El relato de la anunciación se sitúa en una casa humilde, de un pueblo perdido; choca de lleno con la lista de datos que el domingo nos daba este mismo evangelista, san Lucas, para situar al Bautista. El saludo del ángel va dirigido a una virgen toda fiel a Dios que pertenecía al pueblo de los pobres de Israel. El ángel la llama llena de gracia, porque goza de todo el favor de Dios. Se convertirá en la madre de Jesús, el Emmanuel, que significa Dios salva. Su concepción será obra del Espíritu de Dios. Ella es la sierva del Señor.

Para los cristianos, María es la Madre que concibe y da el fruto; la Dolorosa colmada de pesares injustamente infligidos, y la Purísima, inmune a todo pecado por una gracia singular de Dios.

El Magisterio de la Iglesia nos dice que: María para ser la Madre del Salvador fue dotada con dones a la medida de una misión tan importante (LG 56) El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como llena de gracia -como hemos escuchado en el evangelio- (Lc 1, 28) En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente conducida por la gracia de Dios. (CIC 490)

A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María llena de gracia por Dios (Lc 1, 28) había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción -que hoy contemplamos, que hoy celebramos-, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX:«... la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano (Pío IX, Bula Ineffabilis Deus: DS, 2803) (CIC 491)

Contemplar a María sin mancha, purísima, llena de gracia, nos lleva a la intención de Dios de hacer una nueva creación, partiendo de una mujer sencilla, encarnada en el pueblo, madre de los creyentes por la palabra recibida y cumplida, figura de liberación y de vida en libertad, modelo de compromiso. Simplemente: María.

Que sepamos, como María, dar nuestro sí confiado al Señor; que con su misma confianza nos abandonemos en las manos de Dios; y que con Ella y todos los convocados en la fe hagamos con nuestras vidas un cielo nuevo y una tierra nueva ya aquí y ahora.

 

Un blanqueo…

 II Domingo de Adviento (Ciclo C 2021)

 

Baruc 5, 1-9

Salmo 125            R/. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Carta a los Filipenses 1, 4-6. 8-11

Lucas 3, 1-6

 

Dios viene. Su llegada a nosotros debe ser un cambio de vida, y un cambio total. Se terminó el duelo y la pena, la tristeza y el miedo, si Dios nos llega sólo podemos ser reflejo de su gloria, sobrante de justicia, rezumado de paz.

Nosotros lo esperamos. Y la espera debe ser activa, como cuando esperamos a alguien deseado y amado a quien hace tiempo que no vemos, o a alguien importante que trae beneficios... los montes se aplanarán los valles se rellenarán, los árboles aromáticos le harán sombra y perfumarán su camino...

Dios guiará a su pueblo con alegría a la luz de su gloria, con la misericordia y la justicia... Gloria, misericordia, justicia. Este es el grito de todo hombre y de todo pueblo. Esto es personalizado en el Dios hecho hombre, el Dios que nos viene. Por eso con el salmista podemos gritar: El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Su fruto, la justicia, que viene por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios. Quien inició en vosotros la buena obra, la llevará a término. Esta frase escrita por san Pablo, la copia San Benito en la Regla de los Monjes y es usada tanto en el rito de la profesión monástica, como en el de ordenación, esta frase resume el cambio que debemos reflejar tras nuestro encuentro con el Dios que viene, por que Él es el sentido de nuestra vida, quien la conduce y su final, de su mano alegría y luz de su gloria, con la misericordia y la justicia...

El Evangelio nos sitúa en un punto concreto de la historia. La cita cronológica de autoridades civiles y religiosas coloca a Juan, el precursor, y por el a Cristo en un momento y un lugar fiable. Su grito, el anuncio de un esperado Salvador al que hay que preparar caminos y prepararse interiormente: Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios. Muchos recordaréis una película ya con unos cuantos años, de 1953, titulada Bienvenido, Míster Marshall de 1953. En ella esperando las prometidas ayudas de Estados Unidos, el llamado Plan Marshall, para la reconstrucción de los países Europeos devastados tras la II Guerra Mundial. En los preparativos de semejante visita todo el pueblo derrocha imaginación y medios para que todo esté a gusto de los visitantes, calles, casas, fiestas… Casi setenta años después estamos –socialmente- en las mismas, esperando las ayudas europeas para remontar la crisis del Covid.

Pero volvamos al Evangelio, Palabra de Dios viva y eficaz, Palabra siempre actual y hoy proclamada para nosotros, situando el grito de Juan en nuestro momento presente, por que el todos verán la salvación de Dios nos incluye, como incluyo a los que en su momento escuchaban su mensaje profético, como ha incluido a las generaciones y generaciones que temporalmente nos separan y a las que están por venir.

Pues a nosotros, es Dios mismo quien nos viene y lo exterior le da un poco igual.  Adecentemos los accesos a nuestra alma, podemos ramajes que estorban, limpiemos nuestras lindes, desbrocemos malezas enmarañantes...

Hagamos de nuestra alma y de nuestro corazón un espacio acogedor al Dios que viene.

Maranatha, ven, Señor, Jesús.

 

 

fr. jl

Cómo mira Jesús

 XXXII Domingo del Tiempo Ordinario (B)

 

Primer libro de los Reyes 17, 10-16

Salmo 145, 7.8-9a. 9bc-10                               R/. Alaba, alma mía, al Señor

Hebreos 9, 24-28

Marcos 12, 38-44

 

 

Tres viudas aparecen en los evangelios, otras cuantas en el resto de los textos bíblicos, hoy nos han hablado de dos. La viuda bíblica es prototipo de pobreza y abandono en la sociedad judía: por mujer y por viuda, a la vez que predilecta de Dios y protegida de forma especial por la ley.

Y tres son las veces que los textos evangélicos hablan de cómo miraba Jesús a sus interlocutores o las circunstancias, como en el texto de hoy.

La manera de mirar de Jesús es muy diferente de las nuestras, casi siempre superficiales. Jesús mira, contempla y comprender el corazón y la vida de las personas con las que se cruza. Es la suya una mirada de amor, contemplativa, abierta a la sorpresa, que no juzga de primeras, que acaricia, que da confianza, que busca el valor en cada uno. Va mucho más allá de lo que hoy llamamos «empatía» y «simpatía». Aquella mujer viuda, marginada, sin derechos, invisible para la mayor parte del mundo, es sacada de su anonimato por Jesús entre la gente que se cree rica, sabia, importante, elegante, y prestigiosa... los que se creen mejor que el resto.

Y aprovecha la ocasión e invita a los discípulos a fijarse en ella, mirándola con «otros ojos», y se la propone como modelo. Una mujer que estaba cumpliendo generosamente con lo que ella consideraba su obligación. Quizás podría haber pensado: ¿para qué echar estos dos céntimos al ya opulento Templo?, ¿qué son estas dos monedillas comparadas con las cantidades que echa toda esa gente importante? Podría haber considerado que ella las necesitaba más que nadie para vivir, en palabras de Jesús. Pero ella sentía que tenía que dar ese poco o mucho -dependiendo de quién lo vea-, como signo de su confianza y de su entrega a Dios. 

Lo poco es mucho para el Reino de Dios, con lo escaso que llena, que desborda, que dura, que no faltará.

Dios no es fachada, es cimiento, fundamento.

¡Cuidado con los escribas! -es frase de Jesús y argumento repetido por los profetas a lo largo de la historia de Israel-, cuidado con los que dicen y no hacen, con aquellos que su vida no irradia Evangelio. Cuidado con los que solo son fachada... y al menor aire se desploman sobre con -quien con buena fe- espera a su vera Palabras de Vida. "Las apariencias engañan" como casi siempre el refranero popular acierta... proporcionalmente es mucho más fuerte una hormiga que un elefante. Fuerte no es lo mismo que pesado; brillante no es siempre valioso; leído no tiene por qué ser aprendido.

En lo humano se queda su paga y, casi siempre, en lo humano termina su recuerdo.

Los de sólidos cimientos, son los que se dan en vez de dar cosa, bienes o dineros; los que se entregan en servicio a los demás; los que ponen al otro antes del yo;... Como la viuda de Evangelio que da lo que tenía para vivir; como la viuda de Sarepta, que se quitó de comer ella y su hijo para ofrecer su pan al profeta del Señor... Estos son los que no esperan de los hombres, sino que confían ciegamente en Dios; estos son los que quedan para siempre, los que la historia recuerda, los que la fe ensalza, Los que anteponen a un Dios que mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad. Estos son los que se fían de Dios sin contrapartidas.

Cristo se ha manifestado una sola vez y su recuerdo, y su presencia dura veinte siglos después. Su salvación es eterna, de una vez para siempre. La segunda vez vendrá en gloria.

Día de la Iglesia Diocesana.

 

fr. jl

martes, 12 de octubre de 2021

El acueducto...

 Nuestra Señora del Pilar

 

Crónicas 15, 3-4.15-16; 15, 1-2

Salmo 26              R.- El Señor me ha coronado, sobre la columna me ha exaltado

Lucas 11, 27-28

 

 

Como el arca de la alianza se coloca en medio de la tienda; así María está en medio de los apóstoles después de la Ascensión de Jesús, aglutinando y orando en comunión.

El Pilar... la columna central que sostiene el edificio apostólico; que mantiene la fe del pueblo; que anima al Apóstol Santiago a seguir anunciando a Cristo hasta el fin de la tierra, hasta el fin de sus días...

María centro de la Iglesia, la apostólica, la del principio y la de ahora que peregrina no pocas veces sin un rumbo definido, como el Apóstol en Cesaraugusta a las orillas del Ebro.

María es la portadora de la Palabra, la primera discípula, la primera que indica dónde está el Hijo de Dios, que es su hijo. Por eso podemos cantar con confianza en el himno del oficio de este día: desde tu columna oteas, diriges, sostienes, alientas, proteges y guías al pueblo que peregrina, estos tus hijos.

María siempre intercesora. San Bernardo, nos dice en el que se ha dado en llamar el sermón del acueducto: “... necesitamos un mediador ante el Mediador mismo y María es la más capaz de cumplir este oficio de caridad. Por medio de ella vino Jesucristo a la tierra y por ella debemos nosotros de ir a su divino Hijo. Si tememos ir directamente a Jesucristo nuestro Dios a causa de su infinita grandeza y de nuestra pequeñez o pecados, imploremos con filial osadía la ayuda e intercesión de María, nuestra Madre”.

San Alfonso María de Ligorio, siguiendo la misma idea, llama a María directamente: acueducto, porque Nada quiso Dios que tuviéramos, que no pasase por manos de María.  

Decía Papa Francisco en una catequesis hace unos años que en la iconografía cristiana la presencia de María está en todas partes, y a veces con gran protagonismo, pero siempre en relación al Hijo y en función de Él. También las Iglesias de Oriente la han representado siempre, a menudo como la Odigitria, aquella que indica el camino, es decir a su Hijo Jesucristo, camino, verdad y vida. Sus manos, sus ojos, su actitud son un “catecismo” viviente y siempre apuntan al fundamento, el centro: Jesús. María está totalmente dirigida a Él hasta tal punto, que podemos decir que es más discípula que Madre. Así lo enseña la mariología. Así lo dice San Agustín: María concibió antes en su mente que en su vientre, en Ella precedió la fe a la concepción.

María se caracteriza por ser humilde sierva del Señor, este es el papel que ha ocupado durante toda su vida terrena y que conserva para siempre. En los Evangelios, ella parece casi desaparecer; pero vuelve en los momentos cruciales, como en Caná, cuando el Hijo, gracias a su intervención atenta, realizó la primera señal y después en el Gólgota, a los pies de la cruz. Jesús extendió la maternidad de María a toda la Iglesia cuando se la encomendó al discípulo amado, poco antes de morir en la cruz: Desde ese momento – dice el Papa Francisco – todos nosotros estamos colocados bajo su manto, como se ve en ciertos frescos y cuadros medievales, como muchas órdenes religiosas son representadas.

María siempre presente y protectora. Podemos rezar con san Bernardo:

Si te sientes lejos de la tierra firme, arrastrado por las olas de este mundo, en medio de las borrascas y de las tempestades, si no quieres zozobrar, no quites los ojos de la luz de esta Estrella, invoca a María.

Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, llama a María.

Si eres agitado por las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición, si de la emulación, mira a la Estrella, llama a María.

Si la ira, o la avaricia, o la impureza impelen violentamente la navecilla de tu alma, mira a María.

Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima del suelo de la tristeza, en los abismos de la desesperación, piensa en María.

En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud.

No te extraviarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiende su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es tu guía; llegarás felizmente al puerto, si Ella te ampara. 

 

Feliz día.

 

fr. jl

 


lunes, 11 de octubre de 2021

Los lastres de nuestra vida

 XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)

Sabiduría 7, 7-11

Salmo 89, 12-13. 14-15. 16-17          R/. Sácianos de tu misericordia, Señor,

Hebreos 4, 12-13

Marcos 10, 17-30

 

Muchos pueden ser los caminos que nos llevan a Dios y a la vida eterna. El encuentro con Dios se puede dar en el silencio, por la palabra, en un accidente, por un acontecimiento familiar, por una nueva vida o una muerte, un amigo o un desconocido, hasta un enemigo, en la contemplación de la naturaleza... lo que según el evangelio de hoy, parece que impide ese acercase y seguir a Dios es el dinero. A Dios no se le compra, Dios es gratis, gratuidad y gratitud.

En el Antiguo Testamento las riquezas se han visto siempre como bendiciones de Dios, al igual que los hijos, una vida longeva, una familia dilatada.

El dinero es necesario, todos lo sabemos y a diario lo empleamos, pero no nos lleva a Dios, es más, a menudo, por su mal uso y abuso, nos separa de Él. Es una herramienta más para nuestro vivir, herramienta que hay que saber usar.

En el joven del Evangelio, como en la vida de cada uno de nosotros el problema no es tanto lo que tenemos o dejamos de tener, sino si lo que tenemos nos retiene, nos lastra. Y no hace falta que sean grandes cantidades, cualquier cosa nos puede retener, nos puede hinchar e impedir pasar por la puerta estrecha, por el ojo de la aguja.

El joven rico estaba bendecido por Dios, incluso sus riquezas no le impedían vivir según la Ley, pero aun así buscaba otra riqueza, un tesoro en el cielo.

San Benito en el capítulo 33 de la Regla nos recuerda que el monje no debe tener en propiedad nada absolutamente, ni libro, ni tablillas, ni pluma, nada en absoluto, como a quienes no les es lícito disponer de su cuerpo ni seguir sus propios deseos... como está escrito, de modo que nadie piense o diga que algo es suyo. Y en el capítulo siguiente dice:  Está escrito: “Repartíase a cada uno de acuerdo a lo que necesitaba” (citando el libro de los Hechos)... el que necesita menos, dé gracias a Dios y no se contriste; en cambio, el que necesita más, humíllese por su flaqueza y no se engría por la misericordia. Así todos los miembros estarán en paz.

San Benito, como sabio padre y maestro, no quiere que sus monjes, sus hijos, tengan colesterol espiritual, no desea que en sus seguidores las cosas materiales obstrullan las arterias del alma

Las riquezas que se apolillan y herrumbran, tesoros de la tierra para la tierra; los tesoros del cielo para el cielo.

La viuda pobre, el tesoro escondido, la perla preciosa... no pocas veces el Evangelio nos lo recuerda, dejar lo material y buscar lo importante, lo que hace crecer por dentro, lo que alimenta el espíritu.

La Sabiduría, como término bíblico, se traduce por conocimiento de Dios, por saboreo de Dios. Con Ella, nos dice la primera lectura, me vinieron todos los bienes. Oro, plata, piedras preciosas... son nada ante ella. Incluso la salud y la belleza, que no son cosas materiales tangibles, brillan menos que Ella.

Vemos ricos a quienes sus riquezas no les dan para vivir ni mucho menos les dan vida. Vemos otros, ricos o pobres, que abandonados en Dios, sienten su mano protectora presente en sus vidas, como Padre, como Madre, desvividos por cada uno de sus hijos con un amor personal, individual y completo.

Los hermanos y hermanas aquí presentes pueden decir como Pedro: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.» Y ciertamente, muchos han dejado sus lugares de origen y sus familias, sus trabajos, sus comunidades, sus riquezas y bendiciones de Dios a muchos kilómetros de distancia. Dejado todo por Cristo y por el Evangelio.

También la respuesta de Jesús sigue siendo la misma: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna.»

Para el diácono San Lorenzo, en los primeros siglos de la Iglesia, su riqueza eran los pobres. Para muchos voluntarios hoy, en mil organizaciones religiosas o no, su riqueza y la mejor paga, es la sonrisa de un anciano, o de un niño, la mirada agradecida de un enfermo, o de cualquier necesitado en quien emplean su tiempo y su saber, o el ver que una comunidad prospera con su ayuda en dignidad o educación... Estos bienes, estas riquezas llenan mucho y a la vez son bien livianas para pasar por la puerta estrecha, por el ojo de la aguja. La riqueza de la Iglesia son los pobres, la autoridad el servicio, el que quiera ganar su vida que la pierda... esta es la dinámica del Evangelio.

Jesús, le miró con cariño. Nos mira con cariño. Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios, Dios lo puede todo. Donde está nuestro tesoro allí está nuestro corazón. Que nuestro corazón esté en Dios, en los necesitados, en servir... nuestra riqueza ya será grande aquí y nuestra recompensa eterna en el cielo.


Feliz domingo

 

 

fr. jl

 

Monjes y monjas participantes del P.R.E.M.